Este es un blog de vivencias y reflexiones de una chica que busca la manera de plasmar su interior en algo tangible como las letras.

Aquí encontrarás hartas anécdotas y también procesos mentales, de esos enredados pero que buscan explicar lo que sucede en la vida y así encontrar un sentido. Encontrarás ejemplos de cosas que no hay que hacer; confesiones amorosas, de esas que toda chica necesita contarle a su mejor amiga; quejas y lamentos, letanías de alguna época mentalmente negativa; pero también hallarás decisión, actitud, fuerza y valentía (O al menos un sincero intento de ello).

Espero motivarte a seguirme. No sólo en lectura, sino en este trabajo interno, esta búsqueda de bienestar.

Seamos luz en medio de tanta oscuridad.


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martes, 8 de mayo de 2018

Nuevo descubrimiento

Soy una persona con fuertes problemas emocionales.

Siempre me sentí diferente. Pero no sólo porque yo me daba cuenta de que lo era, sino porque habían personas a mi alrededor que me lo hacían notar.

Quizás mi mamá no supo manejar mi sensibilidad. Mi papá estaba demasiado ausente como para hacer algo más que felicitarme. Igual, no pensé que fuera necesario nunca: mis profesores siempre tenían algo bueno que decir de mí. No así mis compañeras.

Fui educada en un colegio de monjas, sólo de mujeres. Dicen que esos colegios son nido de brujas, y aunque creo que la noción es un poco extremista, creo que tiene un punto. Los grupetes conformados sólo por mujeres son tóxicos.

Ya en el jardín de niños sentía que algo iba mal conmigo.

En Kindergarten me costaba hacer amigas, me costaba compartirlas, no tenía la capacidad de mantener una amistad estable, era demasiado susceptible a las reacciones de los demás y no sabía cómo expresarlo. Porque era casi una bebé.

En primer grado empezaron los problemas. Resaltaba, como una estrella, era la mejor en todo. Una vez me contó una chica de mi colegio que se le hacía raro que yo me sintiera sola si ella recordaba que hacían fila para ser mi amiga. Yo recuerdo más que me molestaban por sacarme buenas notas. Era la primera del salón. Encima, acababa de descubrir mi talento para cantar y actuar, y era la mascota favorita del área de música, me ponían de protagonista siempre. Para colmo, mi cabello y mis ojos eran los de una princesa de Disney y algunas chicas me perseguían para "tocarlo" (En serio, no miento. Si no me buscaban en el recreo para que les cante algo, me buscaban para cogerme el cabello). Mientras las mayores me admiraban, mis contemporáneas me miraban feo, me decían "creída", y a mí me costaba mucho integrarme en los grupos para jugar -no me creía bien recibida-. Estoy segura de que mi mamá sabía de esto porque recuerdo conversaciones en las que ella me aconsejaba qué decir. Pero no era suficiente, ellas siempre eran más fuertes.

Segundo grado no fue mejor. Se sumaron las niñas de la movilidad. Bromas pesadas sobre mí, a veces. Una niña me sacó la silla y terminé cayéndome al suelo, recuerdo. Para mi mamá era normal porque "a ella también le tenían envidia y le amarraban su largo cabello rubio a la silla al punto de que no se podía parar, así que lo mío no era nada en comparación con lo que a ella le pasó". Y encima estaba lo que mi mamá hacía: el gran secreto que no podía contarle a nadie, porque no me iban a entender. ¿Qué niña de 7 años iba a comprender sobre ángeles y energía?

En tercer grado, una niña se sacó los mocos y se limpió en mi cabello. Los comentarios agresivos y las miradas de soslayo no habían desaparecido del todo.

En cuarto, una niña pisó mis lentes a propósito, y aunque no se rompieron del todo, sí medio que los malogró. Mi mejor amiga de ese entonces decidió que ya no quería pasar el tiempo conmigo sino con otra chica (una que me miraba feo) y me sentí muy sola.

El siguiente año es el año del que no me quiero acordar, porque sufrí mucho, supongo. Recuerdo que ese verano estuve especialmente triste y fui una vez a ver a una amiga. Cuando volvimos al colegio, ella no quería ser mi amiga. Ese año me la pasé en el limbo. En esa época creo que empecé a pensar que yo era la que espantaba a la gente. Encima, cuando terminó el año escolar, una chica me robó mi cartuchera con todos mis útiles, pero se hacía la que no sabía nada. Vinieron muchos cambios pero no es de lo que quiero hablar esta vez.

En sexto grado me enfermé. Decidí aislarme. Decidí que yo era repugnante y que lo mejor era alejarme de la gente para que la gente no se alejara de mí, después de todo, es más fácil así. Empecé a hacer mis tareas en los recreos, y desarrollé una manera indirecta de llamar la atención. Estaba tan dolida que creí que no funcionaría el acercarme directamente y mostrarme como era. Había aprendido que mientras más me escondiera, mejor opinión iban a tener sobre mí. Así que empecé a negarme todo. Imagínense el hambre que tenía por no sentirme sola: empecé a canalizarlo por hambre real.

Ese año hicieron conjunción muchas cosas. Supongo que el aspecto "amistad" fue uno de ellos. A mis 12 años empecé a dejar de comer, pero en realidad, las cosas empezaron mucho antes.

Secundaria fue un poco mejor, porque aprendí a modularme. Al menos, los comentarios ya no eran sobre mi forma presuntuosa de ser (juro que no recuerdo haber sacado nada en cara de nadie) sino sobre el bicho raro en que me había convertido. Callada, inteligente, que no comía. Al menos no me odiaban, ahora lo veo claro. Era preferible ser tachada de rarita antes que de antipática. Me sentaba regularmente con un grupo grande de chicas pero no participaba mucho en las conversaciones. Nunca tenía nada inteligente que decir.

Primero y segundo fueron una pesadilla emocional. Era un fantasma, no tenía contacto con nadie. En primero desarrollé muchas manías y compulsiones que sólo me hicieron la vida imposible, pero fui lo suficientemente fuerte como para dominarlas poco a poco. No así mis promesas de no comer, que son un tema aparte. Los trastornos de la alimentación era el tema que más despertaba mi interés en el colegio, y se rumoreaban cosas sobre mí, que yo desmentía, y sobre otras chicas, a quienes yo observaba casi maniáticamente para desenmascarar. "La anorexia es mala", pensaba. Pero para mí, era el castigo perfecto. Sin darme cuenta había desarrollado mecanismos para llamar la atención de mis compañeras de manera indirecta, mediante la pena y la diferenciación. Era completamente inconsciente de que, tratando de desaparecer, resaltaba más. Justo lo que no quería. Irónicamente, el mensaje de víctima es uno de los peor recibidos socialmente, y eso hizo que la atención no se centrara en mí sino en las demás. Había una chica en el grupo con el que yo solía sentarme que evidentemente estaba muy flaca y muchas estaban preocupadas por ella. Por mí, al parecer, nadie quería hacer nada. O nadie sabía qué hacer.

En tercero de secundaria empezó la época de los quinceañeros. Y en mi caso, empezó mi época de cortes. No hablaba con nadie, y la gente sólo se me acercaba para preguntarme cosas relacionadas con los cursos del colegio. Necesitaba una amiga, con toda la desesperación que pueda existir, pero nunca lograba expresarme. Me aislé aún más y comencé a pasar los recreos sola, en la biblioteca, para no tener que sufrir del rechazo de las demás. Al final del año 2003, le conté sobre mis problemas a una chica que, al parecer, se los contó a medio mundo. Eso, y que luego de decirle cómo me sentía, se alejó y empezó a andar con otras chicas. De nuevo la historia que se repetía.

Mi madre, preocupada por mi salud mental, recibió el consejo de meterme en alguna actividad, y fue así como llegué a unas clases de guitarra. En ellas pude, por fin, hacer amigos, y hasta empezó a gustarme un chico, al cual solía llamar por teléfono y terminó siendo mi enamorado durante dos inocentes meses. Cuarto de secundaria fue un punto de quiebre respecto a mi forma de ser: me volví hacia afuera y empecé a hablar. La terapia psicológica y la existencia de amigos fuera del colegio me ayudaron a romper mi caparazón y me convertí en una chica que dibujaba corazones en la pizarra y dormía mucho durante las clases. Me sentía irreal por las medicinas que tomaba, como si no sintiera, y eso me fastidiaba, y en mi familia se hacían un poco de problemas para comprarme mis pastillas, así que en algún momento simplemente dejé de tomarlas.

Quinto de secundaria fue, quizás, el mejor año de todos. La guitarra me dio una identidad y los comentarios y miradas de cuando era pequeña ya no eran los mismos, llenos de odio e incomprensión. Sí, hablaban de mí como "la chica rara que siempre duerme" o "el ratón de biblioteca" (porque seguía escondiéndome ahí para evitar socializar mucho), pero ya le daba un poco menos de importancia: comenzaba a entender las relaciones entre las personas y entendía que, en mi colegio, todo era superficial. Aprendí a ser más selectiva en la elección de amistades y pude acercarme un poco más a algunas chicas, de modo que me sentí menos sola. Hubo incluso un malentendido muy grande en el que yo figuraba como responsable al punto de hacer que casi toda mi promoción se pusiera en mi contra, pero el apoyo de las pocas personas que estuvieron de mi lado me ayudó a salir adelante.

Eso, y el teatro. Terminando sexto grado me metí a clases extracurriculares de teatro, y se convirtió en mi mundo, mi escape, mi forma de catarsis. Sin la poca pero significativa interacción que tenía esas dos horas a la semana con otras chicas de otras promociones, y sobre todo, con la intensa interpretación de papeles en los que ponía mi vida y descubría un talento que tenía permitido compartir en ese ambiente sin el menor atisbo de comentarios negativos, simplemente no habría sobrevivido. Por eso es que el teatro se convirtió en mi válvula de escape y método de vida. Y no pude dejarlo hasta muchos años después, e incluso hasta el día de hoy lo pongo en práctica en mi trabajo.

Ayer, por primera vez, hablé sobre algunas de estas experiencias con mi psicólogo. Entrando en detalles y un poco entre risas por mi forma sarcástica de abordar el tema, me hizo ver que durante toda mi infancia había sufrido de bullying psicológico, y que era esperable que, no teniendo soporte en el colegio, y tampoco teniendo soporte en casa, terminara desarrollando trastornos alimenticios. A mis casi 30 años me vengo a dar cuenta, recién, de que mi vida escolar había sido un desastre y que hasta el día de hoy me afecta. Me afecta porque me comparo con las personas de quienes sé gracias a las redes sociales y siempre estoy en desventaja. Y, obviamente, si crecí pensando que había algo malo innato en mí debido al rechazo directo e indirecto de mis congéneres, ¿cómo no creer eso?

A veces me gustaría que aquellas niñas, ahora mujeres, supieran lo que siento. Le doy mucha importancia a lo que ese grupo específico de personas puedan pensar sobre mí. Recién entiendo que es porque me pasé años buscando su aprobación, y las pocas veces que la recibí, estaba lo suficientemente cegada por mi enfermedad como para verla, esto es, en mis últimos años de secundaria. Por eso es que siento envidia cuando veo que se reúnen entre ellas y a mí no me incluyen, y por eso considero sus vidas como brillantes y ejemplares en comparación con la mía, que me da vergüenza. Estoy enterándome de que muchas de ellas se están casando, cumpliendo sus cuentos de hadas, mientras que yo estoy aquí... en una posición indescriptible, de desventaja, de inferioridad, en la que lo he vuelto a perder todo y trato de reconstruirme desde el polvo.

No niego que existen otros factores para que me sienta vulnerable como una chiquilla de 8 años, porque sí los hay. Pero he querido concentrarme en estos episodios porque creo que son un nuevo descubrimiento que puede explicar mi forma de relacionarme con los demás, incluyendo mis relaciones sentimentales, y, espero, curar heridas que hasta ahora no cierran. 

viernes, 27 de abril de 2018

El infierno está lleno de buenas intenciones

Me encantaría saber la opinión de quienes leen esto. Yo no sé determinar si esto se trata de acoso o no.

Esta es la situación.

Tuve una relación muy bonita, armoniosa y llena de amor con El Mago desde enero de 2015 hasta enero de 2018. Tuvimos altos y bajos como cualquier pareja, tuve mis dudas existenciales como cualquier persona y él tuvo sus momentos de terquedad e insistencia como muchos hombres con los que me he relacionado (¿patrón en mis relaciones?). A mediados ne noviembre del 2017 nos distanciamos debido a que fui internada en una clínica psiquiátrica porque intenté suicidarme. Continuamos la relación a distancia, pero debido a situaciones fuera de mi alcance y de mi conocimiento, decidí que lo mejor iba a ser terminar.

El Mago es un personaje. Creo que, tratándose de alguien relacionado íntimamente conmigo, no habría que extrañarse de que lo sea. Es de esas personas de buenas intenciones que puede llegar a hacer daño sin darse cuenta. Porque está hecho de eso, buenas intenciones, y por más buenas que sean, no siempre llevan  a acciones 100% positivas para otros.

Dice Vallejo: nuestros padres
"se comprendieron hasta creadores
y nos quisieron hasta hacernos daño."
(Trilce: Poema LVI- Todos los días amanezco a ciegas)

Hace un rato debatía con un nuevo amigo, lo llamaré El Filósofo ardiente, sobre la naturaleza de la bondad. Al final, y esto es algo de lo que solía debatir con El Mago, la bondad no siempre es buena. Él cree que siempre lo es. Yo estoy dudándolo.

Debería empezar por el principio, creo.

Tomé pastillas por varias razones personales, entre ellas, que no me veía futuro, estaba descompensada químicamente porque me desordené en mis antidepresivos, y me había peleado con mi mamá. El Mago no tenía que ver en esa decisión, había sido mi soporte durante todo ese tiempo. Yo estuve dopada desde el 12 hasta el 15/16 de noviembre y sólo recuerdo algunos momentos cuando me hablan de ellos.

En palabras de mi familia, El Mago celebró que yo tomara esa decisión y dijo que "si me moría, me iba a extrañar un poco, pero que luego se le pasaría".
En palabras de mi familia, El Mago convenció al médico de turno en la primera visita a emergencias para que me dieran de alta porque "lo que mejor me iba a hacer era estar con él", cuando en realidad debía quedarme bajo supervisión psiquiátrica (esta decisión determinó que yo tome pastillas de nuevo al día siguiente y empeorara las cosas).
En palabras de mi familia, El Mago se molestó cuando, en la segunda visita a emergencias, no fue su opinión la que se tomó en cuenta sino la de mi mamá, ya que no estamos vinculados legalmente y yo sigo viviendo con ella. Mi mamá quería que me internen por mi bien, él quería cuidarme desde casa.
En palabras de mi familia, se molestó tanto que empezó a "alucinar" que mi mamá nos quiere separar.
En palabras de mis amigos, El Mago les escribió y buscó para recabar pruebas de que mi mamá quiere controlar mi vida y separarme de él.
En palabras de mi familia, él fue a recoger una notita que le había escrito y trató muy mal a mi mamá en la puerta de mi casa.
En palabras de mi psiquiatra, le mandó un mail de 17 páginas con extractos de conversaciones manipuladas en las que demostraba que mi mamá quería separarnos, y tuvo una reunión con él en la que el 70% del tiempo hablaron de él y el 30% de mí. No pidió disculpas por ninguna actitud y más bien ratificó su postura.
En palabras de mi familia, pasó por alto muchas indicaciones terapéuticas relacionadas a cómo comportarse conmigo, por lo que tuvieron que intervenirse las cartas que nos mandábamos. No respetaba los límites que mi psiquiatra y yo misma le ponía, e insistía en su postura.
En palabras de mi familia, se aparecía en mi casa pensando que yo estaba ahí y que mi mamá le mentía al decir que no era su decisión, sino la de mi doctor, el que no nos podamos ver.
En palabras de él, él nunca hizo nada de lo anterior.

Me fue a visitar dos veces al internado y lo ví una vez estando fuera, siempre acompañada de alguien, en caso "se pusiera violento o hiciera algo en contra de mi voluntad". Salí de alta y me dieron permiso para comunicarme con él vía escrita a mano. Hasta que, mediante carta, le dije que debido a lo tirante de la situación y aún en contra de mi voluntad, lo mejor era terminar. Dejamos de hablar un mes y yo le escribí en secreto, desesperada porque lo extrañaba. Metí la pata en relación al tratamiento y a nuestra relación porque habíamos quedado en distanciarnos. Me fue a buscar y nos vimos un rato en un lugar público y a vista y paciencia de mi cuidadora, que no sabía que debía mantenerlo alejado de mí.
Cortamos de nuevo, a instancia de mi familia, porque él "me estaba manipulando y buscando cuando se le pidió que no lo haga". Estuvimos sin hablar dos meses.

El día 17 de abril hubo un concierto de una banda a la que él sigue y al cual habíamos prometido ir juntos, sea como sea. Yo terminé yendo con mi hermano y no le ví ni la sombra. Al día siguiente me di cuenta de que me había estado escribiendo para ir juntos al concierto y que me estuvo esperando. Consulté con mi familia y mis terapeutas y le escribí una carta a mano explicándole que le había hecho una promesa irreal, que no había estado pendiente de mi mail, que lamentaba la situación, que estaba más tranquila, que prefería no darle esperanzas de retomar la relación y que esperaba que en el futuro pudiéramos ser amigos. Al día siguiente se apareció en la puerta de mi casa con su perro y una mujer que no se llegó a identificar, yo estaba en el supermercado y al enterarse de que estaba ahí, se fue en dirección a éste. De nuevo, no nos llevamos a ver.

Ese día le mandé el siguiente mail:

"Te escribo para pedirte no me envíes mensajes ni vayas a mi casa a buscarme. Estoy en un proceso terapéutico y no deseo comunicarme contigo. Respeta mi decisión, caso contrario me reservo el derecho de iniciar acciones en favor de mi privacidad".

Me respondió a las pocas horas, diciendo que si yo lo denunciaba, él iba a denunciar a mi mamá.

Mi familia y amigos (bueno, sólo la única persona que sabe de este tema) creen que lo mejor es ponerle una orden de alejamiento. Restricción policial, pedir garantías. Antecedente de acoso. Yo leo de su mail que lo que él haría sería defenderse, pero que no quiere iniciar acciones legales porque me perjudicaría a mí. Vamos, que está claramente escrito.

Mi forma de ver la situación:
- Él celebró que me haya manifestado en contra de lo que me dolía, aunque la forma fue extrema y completamente desatinada (tomando pastillas).
- Él no entiende que no es no a menos que se lo diga yo.
- Él considera que sus buenas intenciones para conmigo justifican sus apariciones, cartas, mails, mensajes de texto y tono al hablar.
- Él está en negación, pues me ha escrito que me va a esperar siempre y pero a la vez se contradice diciendo que soy libre de enamorarme de quien quiera y que me ama "en libertad", sin apegos.
- Él no actúa en relación al contexto en el que se desenvuelven las cosas. Él actúa en relación a sus emociones, y eso lo hace estar fuera de la realidad.
- Él no tiene intención de dañarme sino de impulsarme a estar bien, pues cree que su presencia me hace bien y mi familia me daña (uno de los detonadores de mi crisis de noviembre).
- Él NO ES MALO, PERO ESTÁ ACTUANDO MAL.

Yo he estado tranquila y hasta pensando en futuro y flirteos con otras personas (aunque no he concretado nada porque una parte de mí aún le guarda luto a mi relación con El Mago).
Yo he logrado mantenerme ocupada y dejar de extrañar a El Mago, dándome cuenta de que podría seguir adelante sin él como pareja, esto último con mucha culpa de por medio. Pero ahora que ha vuelto a aparecer pienso en lo bonita que fue nuestra relación, tengo miedo de no encontrarme con un amor tan desinteresado, y, sobre todo, en dañar lo que queda entre nosotros, pues quiero poder ser su amiga en un futuro. Un cariño tan grande no debería mancharse por las acciones de ninguno de los dos, y estoy tratando con todo mi ser de no perjudicarlo. Tengo miedo de que si pido garantías, nuestra relación se mancille más y más y sea imposible perdonar y querernos como amigos más adelante. Él siempre habla en términos de luz, perdón, amor y comprensión, pero sus palabras no terminan de ser coherentes con sus actos, y él NO LO ENTIENDE.

Y este es el gran dilema al que me enfrento, en medio de una recuperación emocional y mental que no tenía nada que ver con el tema de pareja. Porque si atenté contra mi vida fue por mi propia percepción de mí misma, no porque tuviera problemas con quien ahora me quita la tranquilidad. Porque ha llegado el punto en el que, lo acepto, tengo miedo de salir de mi casa y que me aborde con el tema. Yo quiero estar tranquila, es decir, no tener conversaciones densas, fuera de lugar y encima prohibidas por mis terapeutas.

¿Me convierte en alguien egoísta y malo el ponerle un límite? ¿excluiría la posibilidad de mantener, cuando las aguas se calmen, una relación amical con él? ¿Va a dar su brazo a torcer y leer la situación desde mi punto de vista y no desde el suyo algún día?

Señoras y señores, la realidad supera a la ficción. Cualquier consejo es bienvenido.

lunes, 5 de febrero de 2018

Viejos caminos

Lamento pasarme por aquí con malas noticias.

Trato, de verdad trato de ser positiva y mantenerme bien, pero a veces "me toca" estar mal. A veces no puedo evitarlo. A veces la vida te lleva por senderos que te hacen recordar lo que pasaste y hasta extrañar la oscuridad. Me ha pasado. Me pasa. Y por eso estoy aquí.

No paso por aquí desde Junio, por lo que veo. Cuando trataba de concentrarme en hacer mi tesis y en ser una persona de éxito, al menos inmediato. Cuando trataba de no zozobrar a la adultez. Cuando trataba de enfocarme en el día a día para no ver la tormenta que se cernía en mi interior.

No he estado bien. Creo que no es necesario ponerlo en palabras para que sea evidente. Pero mi "estar mal" esta vez se me salió de las manos. Suelo querer ser responsable con lo que pongo en este pequeño espacio personal que ya creo que nadie lee, pero necesito desahogarme porque siento mucho "calor" interno. Mi teoría de la fiebre emocional parece ser cierta, yo la hago. Tengo todos los criterios de predisposición y los síntomas y no es la primera vez que me pasa, así que tengo que botar. Necesito botar. De otra manera, me volveré loca de verdad, o peor aún, volveré a hacerme daño.

Viví por inercia los últimos meses del año pasado, hasta que mi bomba explotó. Mejor dicho, implosionó, porque yo no suelo volarle los sesos a la gente de afuera con palabras, no. Yo estallo, y me hago daño en el proceso. Por meses sentía la necesidad de hacerme daño de mil formas, pero me contuve. Pero exploté, y tres meses después aún hay consecuencias, y aún hay dolor, y aún queda para rato.

¡Quisiera tanto ser ese tipo de persona normal, feliz, que vive su vida sin hacerse tantas preguntas y se lanza a la piscina de frente!

Han sido semanas muy duras para mí. A mediados de noviembre hice cosas que no debería haber hecho y de las cuales me arrepiento. ¿Cómo decir en bonito que traté de suicidarme 2 veces en menos de 48 horas? ¿Cómo contarle a alguien que terminé caserita de emergencias del hospital y de las clínicas de rehabilitación? ¿Cómo perdonarme después de todo el daño que he hecho a mi alrededor con las esquirlas de mi corazón y mente hechos añicos?

Creo que esa es la parte que más me está costando ahorita. El autoperdón. Yo, que siempre trato de echar una luz en el camino y que hablo de la importancia de tenerse paciencia, no aguanto estar despierta. No quise hacerle daño a nadie, pero no sólo me lo hice a mí (física, emocional y socialmente hablando), sino también a mi familia y gente cercana. Y lo que más rabia me da es que ya nada puede volver a ser como antes, que hay un "antes" y un "después" desde ese 12 de noviembre, que vuelvo a recorrer la senda del que busca redención, paz interior, una vida plena con los demás.

Volver a estar internada luego de mis 15 meses en Cieneguilla ha sido una experiencia inesperada y surreal. Sólo estuve un mes, pero sigo cautiva del dolor y también, por qué no decirlo, del ojo vigilante de mi familia, que de nuevo, es lo único que tengo.

El día que salí de alta, 21 de diciembre, murió uno de los seres que más he amado y que ha sido mencionado infinidad de veces en mis escritos: Poupée, mi perrita. Quiero pensar que hubo una enfermedad tangible e inesperada de trasfondo, pero no puedo negar que hay indicios que me muestran que se sacrificó por mí. Para que yo no muera, ella lo hizo, absorbiendo lo malo. Así de nobles son los perros. Pero no es la única pérdida con la que vengo tratando de lidiar. Vamos, que la de ella me dolió demasiado, pero pasa, porque es definitiva. Con la muerte no hay nada que hacer.

¿Pero qué haces cuando hay vida? ¿Qué haces cuando aún los caminos se pueden cruzar, pero no deben (o no te dejan)? Es terrible matar la esperanza cuando es, quizás, lo que te puede salvar.

Estoy separada de mi enamorado sin que ninguno de los dos lo hayamos querido. Lo extraño demasiado. Es diferente a cualquier situación vivida antes, porque en este caso, el amor no se acabó por ninguna de las dos partes. Pero no se puede estar juntos, porque teóricamente es dañino, porque supuestamente él tiene problemas mentales hasta peores que los míos, porque no asume la responsabilidad de cosas que para mí no son importantes pero para mi entorno, TODO, es crucial. Yo le perdono por reaccionar como reaccionó cuando exploté, pero nadie más. Mi opinión es la que debería de importar, pero no es así. De hecho, vivo restringida, por más que me la quieran poner bonita, la situación es muy similar a cuando era una niña y no podía salir sola, no tenía amigos, no hablaba con nadie, sólo yo y la casa y mi cuarto y el entretenimiento que menos dinero gasta, las deudas por mi estado de salud y mis gastos aún existentes son grandes y la culpa me acecha.

Culpa. Vergüenza. Nostalgia. Ira. Estoy llena de esas cuatro. No cabe espacio para el amor, ni para la esperanza, mueren intoxicados. Todos los días son una agonía de monotonía y llantos reprimidos, porque cualquier movimiento mío genera tensión.

Por eso debo escribir. Porque ya no es suficiente llorar, hablar, gritar, quejarme. Ya no es suficiente nada de lo anterior. De nuevo el Cristal se rompió y tengo que reconstruirlo desde cero. No tengo la paciencia que tuve antes, porque no tengo ganas de tenerla, porque quiero que todo termine ya, porque no quiero volver a dejar mi vida atrás, ni a las personas atrás, porque yo ya era adulta y ya sabía manejarme bastante bien y tuve que dejar que la oscuridad creciera. Porque le resté importancia a lo bueno, me empalagó, mi espíritu quizo hacer berrinche y sigo reaccionando como niña de 3 años.

Quisiera volver el tiempo atrás. Haber hablado. Haber dicho "estoy teniendo pensamientos suicidas" hace casi un año. Haber reaccionado diferente, haber decidido diferente, haber pensado a largo plazo en vez de recorrer esos viejos caminos mentales que me llevaron a casi morir. Ahora no sólo debo lidiar con la pena de haberme perdido a mí misma, sino también a la de haber perdido a mis seres queridos (otra vez), y entre ellos, a una muerte y a una separación injusta y dolorosa.

Llevo puesto el anillo que me regaló por los dos años. Cumplimos 3 a la distancia, sólo podíamos escribirnos cartas. Nos vimos 3 veces en 2 meses, 1 hora cada vez. Le terminé por escrito porque no aguanté vivir esperando, pero no sé si es mejor esto o tener una chispa de esperanza manchada del rencor de mi familia, que es lo que había cada vez que recibía una carta suya. Ni siquiera llegaba primero a mis manos, la tenían que revisar. No sólo vigilan que no me mate, sino que no lo contacte. Que no le escriba, ni lo llame, ni mucho menos me escape de mi casa para verlo.

Estoy atrapada en la fase del dolor. No sé cómo salir. No sabe cómo salir. Estoy intolerante, reacciono mal a cualquier cosa. Me afecto con más facilidad que antes y genero caos. Con más ganas viene la culpa, la ira, la vergüenza y la nostalgia por la época en la que estuve mal pero al menos tenía mi vida bajo mi control. Y más caos genero. Estoy en medio de ese círculo vicioso en el cual estuve hace 9 años en el que yo soy la villana y sólo mi autodestrucción y el volver a empezar, como el fénix, es lo que me puede redimir. Sólo que ya no sé cómo hacerlo, porque todo es diferente, estoy desorientada y me siento muy sola. Hasta duermo mal.

Hay chispazos de alegría. Trato de reconocerlos, de disfrutarlos, de hacerlos durar, porque lo que predomina es la muerte interna. El vacío. Leí un par de textos depresivos del 2009 y qué bueno que no son públicos. Me temo que no soy el mejor ejemplo de valentía, ni superación, ni positivismo, ni éxito, ni nada. Un mero ser humano más, banal y promedio, sin amigos ni pareja, con la familia asustada, con el autoestima por los suelos.

Que otra vez fracasó. 

sábado, 6 de mayo de 2017

Pequeña catarsis y el camino hacia la luz


Hace más de una semana fui a un taller de astrología aplicada.

Se preguntarán ¿qué rayos es eso?

Pues bien, estaba recontra desanimada e hipersensible (no negaré que la plata es una de mis mayores preocupaciones), y justo vi un anuncio de FB sobre un taller para la abundancia, dirigido por una astróloga, psicóloga y coach que y sigo desde hace años, y me inscribí. Fue muy bonito, pero al final terminé más confundida de lo que ya estaba. Espero aprobar mi tesis para que mi profesora (que también es coach y astróloga) me haga mi carta astral (se la hace gratis al alumno con mejor nota del salón y esa quiero ser yo) y me ayude a aclarar mis ideas.

Porque la ansiedad me esta rayando.

Una de las tareas que me propuse para lograr mi objetivo de abundancia (que no sólo incluye lo material, aunque es una parte importante del concepto) fue escribir. Volver a escribir. Tema engorroso para mí, porque está ligado a la confusión que tengo.

Esta semana no hay show, y debido a los varios días que he estado tirada en mi cama, en parte por mi estado de ánimo y en parte porque físicamente estaba mal, no sé si somatizando o por los antibióticos que me recetaron para el helicobacter, pues me creé un horario, bien ameno, bien distribuido, bien ordenado, como para tener de referencia y poder hacer todo lo que tengo que hacer. Que no es la gran cosa pero me pesa la vida.

¿Y qué creen? Todo bien estos días. Cansada, pero bien. Cumplí con todo.

¿Y qué creen? Hoy me atacó de nuevo el monstruo peludo.

Supongo que es el estrés, la presión de la Tesis y lo que viene después de ella, lo que me tiene tan... asustada, ansiosa. Perdida. No sé qué camino tomar, y digamos que no siento mucho soporte familiar como para tomar buenas decisiones importantes (porque la última que recuerdo que me ayudaron a tomar fue estudiar medicina y ya ven... fue irreal). El único que me ayuda constante y concretamente es mi enamorado, sin él, ahorita estaría más perdida.

¿Qué pasa cuando me pongo así?


Bueno, estoy detectando cierto patrón. Mi profe de tesis habló de un mal generalizado en todo el mundo, no recuerdo cómo lo llamó, pero se caracteriza por procrastinar todo lo que hay que hacer porque en el fondo hay mucho miedo de enfrentar la vida. Y sí, eso me pasa, mucho. Entonces, por ejemplo hoy, estaba todo perfecto como para ponerme a leer sobre la bendita prensa sensacionalista del país. Hasta me tomé una pastillita para mejorar mi concentración. Y vaya que me funcionó, Porque, así como anoche que estuve viendo videos en Youtube hasta las 4am en vez de leer, hoy, literalmente, me obsesioné con buscar ciertas cosas en google. Cosas que no tienen importancia en la vida diaria.

Y entonces, "BOOM".

(He borrado varios párrafos. Letras tóxicas).

Bueno. El punto es que hay épocas, como la actual, en que mis emociones me ganan, en que me desbordo por cosas pequeñas. En que todo me afecta un poco más de lo normal, quizás porque estoy más débil emocionalmente.

Entonces, ¿Qué hacer?

Buscar ayuda. Hablar con alguien. Lo contrario a lo que dije párrafos más arriba jajaja.

Puedes sentirte miserable, la peor cosa del planeta.
Puedes estar atrapadx en el hoyo, pensar que no tienes remedio, que la vida no te depara nada bueno.
Puedes pensar que las pocas personas que realmente te quieren, lo hacen por compromiso.
Puedes pensar lo que quieras y sentirte hasta las huevas.

Pero lo que no es válido es dejarte llevar por eso.

¿Hacerle caso? NO. Identifica lo que te pone mal, escríbelo, grítalo, díselo a alguien de confianza, si es necesario. Pon a prueba tus creencias centrales. Busca soluciones.

Recuerda que nada está escrito, porque existe el libre albedrío, y que puede ser que tengas la tendencia a cojear de un pie o caer por algo o alguien... a mí me cuesta que las cosas no me afecten. Pero YO DECIDO qué sucede en mi vida, quiénes entran porque son buenos para mí, quienes salen porque terminaron de cumplir su función o me hacen daño, y por sobre todo, YO DECIDO CÓMO ME SIENTO Y QUÉ HARÉ respecto a lo que me pasa.

Y hoy, a pesar de que he llorado como hace meses no lo hacía, no voy a hacerme daño, no voy a alimentar en base de repetición y profecías autocumplidas esas creencias horribles que tengo sobre mí misma y mi futuro. Esa creencia de que como no soy nadie, no me va a llegar nada bueno, alimentada por las cosas que perdí y ciega ante las cosas hermosas que SÍ tengo conmigo.

Hoy, a pesar de que he llorado, voy a dejar de angustiarme y voy a OCUPARME por crear mi futuro.

Este es el camino que he estado tomando estos años, y a lo que me debo aferrar para no caerme.

El camino de la Fe, de que el Universo tiene algo bueno para mí también, en que yo construyo mi felicidad. Y en que me faltan demasiadas cosas sólo si me fijo en lo que me falta, pero tengo demasiada suerte y demasiados privilegios si miro lo que tengo.